Eduardo Levy Yeyati, La Vanguardia, 1 de octubre de 2013
El aumento del ingreso en los países en desarrollo llevará a que para 2020
se sumen 400 millones de personas más a los 1,8 mil millones que
actualmente constituyen la clase media mundial. Su creciente poder de
compra, especialmente de bienes y servicios de consumo no esenciales, es
saludado como la gran esperanza de la economía mundial. Pero un examen
más profundo de sus circunstancias económicas sugiere que estos nuevos
consumidores no son ni tan ricos ni tan sólidos como parece.
La inmensa mayoría de quienes se incorporan a la clase media viene de los
países emergentes de Asia. Pero un cambio socioeconómico similar en
América Latina ofrece importantes lecciones para el resto del mundo en
rápido crecimiento.
La clase media latinoamericana se elevó en aproximadamente el 50%.
entre 2003 y 2009, y llegó a los 152 millones de personas, cerca del
30% de la población del continente, una proporción que indudablemente
ha continuado en alza.
Esta notable transformación económica ha sido presentada como prueba del
éxito de las políticas de crecimiento redistributivo implementadas en
décadas anteriores. Tanto el aumento del empleo y de los salarios como
las transferencias de dinero a los pobres y el sistema público de
pensiones explican estos avances. Pero, si las políticas que redujeron
la enorme pobreza y desigualdad de ingresos de los 90 seguramente deben
ser aplaudidas, las mejoras en el bienestar asociadas con este desempeño
pueden resultar menores de lo esperado.
Un problema obvio reside en que medimos el tamaño de la clase media según
los datos de ingreso de los hogares, pero sabemos poco sobre sus
patrones de ahorro. Si los elevados ingresos actuales se consumen y los
ingresos futuros caen (algo probable si la economía se desacelera), los
hogares de clase media sin ahorros para amortiguar esa merma fácilmente
podrían recaer en la pobreza.
Y, como indicamos en un reciente informe del Banco Mundial
(preparado con Augusto de la Torre), si bien los datos de riqueza, las
encuestas sugieren que las familias de ingresos bajos y medios,
especialmente en Brasil y Argentina, tienden a comprar activos de
consumo durable como automóviles y televisores, que se deprecian con el
tiempo, antes que activos de inversión como la vivienda. Esas familias
son especialmente vulnerables si consumen a crédito: si sus gastos
aumentan más rápidamente que sus ingresos (y la diferencia es financiado
con deuda), podrían acabar en una situación peor que al comienzo –una
ironía que a menudo es pasada por alto por quienes promueven un mayor
acceso a los servicios bancarios.
Tampoco las transferencias y las pensiones proporcionan una base demasiado
sostenible para el gasto. Casi todos los sistemas de seguridad social de
la región arrojan pérdidas. Las contribuciones de los trabajadores
cubren una proporción cada vez menor de las prestaciones y son pocos los
países que ahorran lo suficiente como para solventar los déficits.
Eventualmente habrá que hacer cuadrar las cuentas y probablemente esto
se haga a expensas de los gastos sociales futuros.
Otro motivo –tal vez el más importante– que hace aguar la fiesta es que los
mayores ingresos no necesariamente se traducen en una mejor calidad de
vida. La canasta de consumo está compuesta en gran parte por bienes y
servicios provistos por el sector público. El nuevo trabajador de clase
media que disfruta hoy de un ingreso real mayor es el mismo que sufre
diariamente un viaje de dos horas en trenes o autobuses abarrotados y
peligrosos, o que paga un seguro privado de salud para evitar las largas
filas en hospitales colapsados o una educación privada para que sus
hijos eludan los paros o el deterioro edilicio de la educación pública.
En alguna medida, los deficientes servicios públicos pueden verse como la
contracara del boom de consumo de la clase media en economías
emergentes. Los subsidios y transferencias estatales han impulsado el
ingreso privado, pero a menudo lo han hecho a expensas de la inversión
pública en servicios.
En este punto, la diferencia entre ingreso y bienestar se vuelve
fundamental: hay una distancia entre una sociedad con una clase media
creciente y una “sociedad de clase media” donde el estándar de vida es
elevado (e igualado) por la calidad de los bienes públicos que
proporcionan.
A primera vista, esto puede parecer un desequilibrio obvio y de fácil solución.
Pero hay motivos políticos que se interponen. Los votantes tienden a dar
crédito por los salarios mínimos, las pensiones y las transferencias
sociales al gobierno que los proporciona. Por el contrario, los
beneficios de la inversión pública se perciben más lentamente y sus
responsables son más difusos. No sorprende entonces que, a la hora de
asignar el gasto, los políticos que operan en ciclos electorales cortos
prefieran las transferencias a las inversiones.
Pero,a medida que las sociedades se enriquecen y resuelven sus problemas más
urgentes, las demandas del electorado se vuelven más sofisticadas.
Cuando los votantes de clase media desencantados salgan a las calles,
los líderes latinoamericanos tendrán que explicarles que para tener
mejores escuelas, hospitales y trenes mañana es preciso ahorrar más
hoy.
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miércoles, 9 de octubre de 2013
El espejismo de la clase media latinoamericana.
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