TRIBUNA: VALORES Y PRINCIPIOS
La crisis va a suscitar una riada de solidaridad y ha puesto de relieve el rol fundamental de la familia. La falta de responsabilidad de las instituciones estimula la corrupción, que ha alcanzado el estatuto de virtud.
Este mes está lleno de fiestas. La fiesta del pimiento, del tomate, de la langosta; fiestas a cada uno de los frutos y de animales. ¿A qué responde esta serie de fiestas, celebraciones y ritos? El hombre se ha puesto a la búsqueda de recursos simbólicos para encontrar sentido y así reencarnar el mundo. Se va abriendo paso la tendencia de recurrir a alternativas de la ciencia tales como el arte, el mito, la religión o lo sacro y, con más frecuencia de la que suele admitirse, lo esotérico y lo oculto. Se trata de recuperar experiencias simbólicas para llenar el vacío de significado y el extravío que siembra la máquina por doquier.
En este intento no han faltado fundaciones y rehabilitaciones que no han vencido ni pueden vencer el politeísmo de los valores o, mejor dicho, el politeísmo de opciones y decisiones de fondo que, en realidad, conllevan la anarquía de los valores. Se han recuperado fiestas tradicionales pero vacías de contenido que navegan en el tiempo y en el espacio como cascarones vacíos que se convierten más pronto que tarde en simples ocasiones de bacanales y orgías. Lo formal ha prevaricado a favor de lo material, lo convencional ha embestido lo esencial. El hombre actual está atrapado por la duda y la sospecha y actúa preso al aquí y ahora. El problema no son las nuevas tecnologías ni el escepticismo ni el relativismo ni que los principios de siempre hayan caducado ni siquiera la ausencia de reglas sino que el hombre no está preparado para esta transformación del mundo y no se siente responsable.
El mundo sufrió un profundo desencanto por la reducción de los principios y el desvanecimiento de los valores. Bajo la tiranía del nihilismo ya no hay virtud ni moral posibles. El paradigma perdido ha sido sustituido por el sálvese quien pueda, por la ley del más espabilado. El individuo es el principio real del pensamiento y de los intereses actuales. Estamos sin centro, sin raíces; flotando en el aire. Nuestra situación para hacer frente a la crisis se caracteriza por la impracticabilidad de los recursos tradicionales que eran el fundamento. El furor iconoclasta ha derribado las imágenes, los fantasmas y los dioses que poblaban los altares y en su lugar se han colado los demonios.
La ciencia y la técnica resuelven un montón de problemas pero no producen experiencias simbólicas de sentido. Por eso han acelerado el desencanto, que pronosticó Marx Weber, la erosión, la disolución y la fragmentación de los marcos de referencia tradicionales y la imagen del mundo; no reconocen otro límite que aquello que es técnicamente posible pero no dan ni crean sentido. Su crecimiento no parece sometido a reglas ni a normas suficientemente resistentes y vinculantes para guiar nuestro comportamiento y nuestra acción dotados, por otra parte gracias a la técnica, de un inmenso poder. «El hombre es cada vez más un animal precario», dice Franco Volpi.
La asociación entre ciencia, tecnología y progreso humano ya no resulta invulnerable. Se percibe una tecno-ciencia que esconde peligros puesto que se está haciendo cada vez más manipuladora del hombre y se tiene la sensación de que puede erradicar al hombre de su mundo natural y cultural. La tecnología manipula hasta los orígenes de la vida y está casi a punto de controlar el código genético del hombre, corregir su programación biológica y mejorar su patrimonio natural. No sólo se plantea el problema de la conveniencia o no de muchas investigaciones e innovaciones sino que a algunas ya se les ha puesto coto no sólo por cuestiones morales o éticas sino de conveniencia de conservación de la naturaleza, limitando así una de las conquistas fundamentales e imprescindibles de la modernidad: el principio de libertad de investigación.
No basta pues con cambiar el mundo, como pedía Marx; está cambiando de manera acelerada, a veces, en contra de la voluntad del hombre; hay que interpretar el cambio para que no desemboque en un mundo en contra del ser humano o sin él. A esta situación científico-técnica hay que añadir en nuestros días la crisis financiera, económica, metafísica, moral y de tradiciones. Es decir, se han perdido los paradigmas que servían para orientarse: los mitos, los dioses, las trascendencias, los valores e incluso «la estupidez de las prescripciones y la inutilidad de las prohibiciones», en frase de Volpi. La crisis ha privado de sentido a multitud de actividades y de cosas que llenaban la vida cotidiana.
Hay que volver la vista atrás, sin ánimo de venganza pero para depurar responsabilidades. Son las instituciones quienes pueden y deben de hacerlo para que los ciudadanos recuperen la confianza y la esperanza y crean en la democracia. Hay que entrar a saco en la nauseabunda realidad de la corrupción política, de la justicia y otras. La ingeniería social y económica suplanta todo valor tradicional, frente a ella la moral y la ética tienen la belleza de los fósiles. Las declaraciones de principios que proliferan por todas partes sin comprometer a nadie son la confesión velada de la ausencia de principios. La corrupción ha alcanzado el estatuto de virtud; es maña e inteligencia para hacerse rico.
La falta de responsabilidad de las instituciones estimula la corrupción y la propicia. Al no haber principios no hay escrúpulos y cada uno hace lo que le viene en gana. La respuesta a la corrupción y las practicas mafiosas no se hace con estrategias sino rearmando la sociedad con principios morales y éticos y con la aplicación de la justicia. La austeridad es necesaria y hasta beneficiosa para el espíritu pero no deben practicarla sólo los ciudadanos de a pie. Muchos políticos se creen en plena comunión con el común denominador de los mortales siendo lenguaraces y vulgares.
Pase lo que pase, la crisis habrá suscitado una riada de solidaridad, puesto de relieve el rol fundamental de la familia, y en especial el de los abuelos. Y habrá de mostrar que el pensamiento positivo, la providencia de los que no creen en la divina Providencia, es una tomadura de pelo, una estupidez y un intento de hacer comulgar al vulgo con ruedas de molino.
Manuel Mandianes es antropólogo, escritor y autor del blog Diario nihilista.
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